A favor de la calle

No se trata «únicamente de un lugar de paso y de circulación; la invasión de automóviles y la presión de su industria, es decir, del lobby del auto, han convertido al coche en un objeto piloto, al aparcamiento en una obsesión, a la circulación en un objetivo prioritario y todos ellos en su conjunto en destructores de toda la vida social y urbana. Muy pronto será necesario limitar, no sin dificultades y estragos, los derechos y poderes del auto.
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¿Qué es la calle?

Es el lugar (topo) del encuentro, sin el cual no caben otros posibles encuentros en lugares asignados a tal fin (cafés, teatros y salas diversas). Estos lugares privilegiados o bien animan la calle y utilizan asimismo la animación de ésta, o bien no existen. En la escena espontánea de la calle somos a la vez espectáculo y espectador y a veces, también, actor. Es en la calle donde tiene lugar el movimiento, de catálisis, sin los que no se da vida humana, sino separación y segregación, estipuladas e inmóviles.

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Cuando se han suprimido las calles, sus consecuencias no han tardado en manifestarse: desaparición de la vida, limitación de la «ciudad» al papel de dormitorio, aberrante funcionalización de la existencia.

 Es un desorden vivo, que informa y sorprende. Por otra parte, este desorden construye un orden superior, la calle (de paso y preventiva) constituye la única seguridad posible contra la violencia criminal (robo, violación, agresión). Allí donde desaparece la calle, la criminalidad aumenta y se organiza.

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La calle y su espacio es el lugar donde un grupo (la propia ciudad) se manifiesta, se muestra, se apodera de los lugares y realiza un adecuado tiempo-espacio. Dicha apropiación muestra que el uso y el valor de uso pueden dominar el cambio y el valor de cambio. En cuanto al acontecimiento revolucionario, éste tiene lugar generalmente en la calle.

¿Acaso el desorden revolucionario no engendra también un nuevo orden?, ¿acaso el espacio urbano de la calle no’ es el lugar para la palabra, para el intercambio, tanto de términos y de signos como de cosas? ¿Acaso no constituye el lugar privilegiado en donde se escribe la palabra?, ¿el lugar donde la palabra se ha hecho salvaje y se la encuentra, eludiendo prescripciones e instituciones, inscrita en las paredes?

En contra de la calle

¿Un lugar de encuentros?, quizá, pero ¿qué encuentros? Aquellos que son más superficiales. En la calle se marcha, unos junto a otros, pero no es lugar de encuentros. En la calle domina el «se» (impersonal), e imposibilita la constitución de un grupo, de un «sujeto», y lo que la puebla es un amasijo de seres en búsqueda…

¿De qué? El mundo de la mercancía se despliega en la calle. La mercancía, que no ha podido limitarse a los lugares especializados, los mercados (plazas, abastos), ha invadido toda la ciudad.

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En la antigüedad, las calles no eran más que los anexos de los lugares privilegiados: el templo, el estadio, el ágora y el jardín. Más tarde, en la Edad Media, los artesanos, a la vez productores y vendedores, ocuparon las calles. Posteriormente han sido los comerciantes, cuya actividad es exclusivamente mercantil, los que se hicieron dueños y señores de la calle.

¿Qué es, pues, la calle?

Un escaparate, un camino entre tiendas. La mercancía, convertida en espectáculo (provocante, incitante), hace de las gentes un espectáculo, unos de otros. Aquí, más que en cualquier sitio, el cambio y el valor de cambio dominan al uso hasta reducirlo a algo residual. Tan es así que debe realizarse una crítica de la calle de mayor alcance, a saber: la calle se convierte en lugar privilegiado de la represión, que puede realizarse merced al carácter «real» —es decir, a la vez débil y alienado-alienante— de las relaciones que tienen lugar en la calle. El paso por la calle es, en tanto que ámbito de las comunicaciones, es obligatorio y reprimido al mismo tiempo. En caso de amenaza, las primeras prohibiciones que se dictan son las de permanecer y reunirse en las calles. Si la calle ha tenido en su tiempo el papel de lugar de encuentros, ese papel lo ha perdido, como no podía por menos de ocurrir; limitándose mecánicamente al lugar de paso, se produce al mismo tiempo el paso de peatones (acorralados) y de automóviles (privilegiados).

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La calle se ha convertido en retículo, organizado por y para el consumo. La velocidad de circulación, todavía permitida, del peatón se halla determinada y calculada en función de la posibilidad de apercibir los escaparates y de comprar los objetos exhibidos. El tiempo pasa a ser «tiempo-mercancía» (tiempo de compra y de venta, tiempo comprado y vendido). La calle reglamenta el tiempo más allá del tiempo de trabajo y lo somete al sistema, el del rendimiento y del beneficio. La calle ya no es más que la obligada, transición entre el trabajo forzado, los esparcimientos programados y la habitación, en cuanto lugar de consumo.

Llamaremos «revolución urbana» al conjunto de transformaciones que se producen en la sociedad contemporánea para marcar el paso desde el período en el que predominan los problemas de crecimiento y de industrialización (modelo, planificación, programación) a aquel otro en el que predominará ante todo la problemática urbana y donde la búsqueda de soluciones y modelos propios a la sociedad urbana pasarán a un primer plano.

Algunas de las transformaciones se realizarán bruscamente, mientras que otras tendrán carácter gradual, previsto, concertado. ¿Cuáles serán estas últimas? Habrá que intentar dar una respuesta a esta legítima pregunta.

Fuente: La revolucion urbana – Henri Lef

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